El pecado y la noche

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I / En la glacial serenidad de la atmósfera, resonó un alarido de dolor; luego, otro alarido más angustioso, más violento, hendió los aires, y luego otro y otro. El látigo fino, nervioso, vibrante, silbó para caer sobre las desnudas espaldas del marinero; tornó a serpentear, para tornar a caer, y luego recomenzar aún una vez más.

Era la víctima un mocetón fornido, cuadrado, de enormes espaldas y ancho cuello. Desnudo de medio cuerpo para arriba, sus carnes se amorataban con el frió espantoso del crepúsculo ártico, y el látigo, al caer, dejaba hondos surcos azules. Tenía las manos atadas a un palo del buque, y la cabeza, pequeña y bien hecha, doblada sobre el pecho. Su rostro estaba cubierto de mortal palidez; los dientes, blancos y fuertes, clavábanse en los labios, tratando de contener los gritos de dolor, y en sus ojos, claros y azules, de niño grande, había una angustia infinita.

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