San Sebastián, coso taurino

Explore "San Sebastián, coso taurino" by Antonio de Hoyos y Vinent on Textopian. Read with annotations and highlights.

Había concluido el almuerzo. En el comedor, no suntuoso, pero sí alegre y veraniego, del Palais, no quedaban sino algunos hombres rezagados, que, como buenos trasnochadores -el tapete verde y las amables damas a quienes la madre Venus ha revestido de su representación sobre la tierra obligábanles a hacer de la noche día-, en justa compensación, madrugaban poco, y Eloísa, que fantástica en su atavío de piqué rojo y su minúsculo gorrillo negro, rematado por enorme pluma coral, almorzaba frente a frente con "el Gauchito".

Fuera, en la terraza, Casimira Pereira, vestida ya, demasiado vestida -en su atavío había exceso de encajes, de perlas, de lazos y de plumas-, sentíase portavoz de la moral perorando en un grupo formado por las de Gambana y Lilí Alcorcón, que, pese a sus sesenta y dos primaveras, posaba de "sport", montaba a caballo y hacía "skating", conservando cierto aire varonil que ella subrayaba con el perpetuo atavío sastre. Casimira Pereira, especie de Ofelia de Guadalajara, que cantaba arias sentimentales y bordaba tapices Luis XV, entrometida de golpe, y gracias a la futura herencia de tía Rudesinda, en la buena sociedad por su boda con el bala perdida de Paco Aljubarrota, era tonta, frívola y vanidosa. Ya durante el almuerzo no había cesado de pegar respingos; la presencia allí de "el Gauchito" la había sacado de quicio. ¡Un torero en el hotel! Bueno que estuviese "el Bomba"; al fin y al cabo, aquél era otra cosa y podía mirársele como a persona de mundo. ¡Pero "el Gauchito"! ¡Aquel salvaje! ¡Horror! Y los abuelos, magistrados, hombres de curia, inquisidores, de ella, pero, sobre todo, los capitanes, los condes, cruzados y ministros por parte de Aljubarrota, removíanse en sus tumbas llenos de santo furor, lanzando anatemas por boca de la descendiente. Y lo que colmara la indignación de la dama fue el cinismo de Julito Calabrés, que, como la oyese protestar de la presencia del torero en el hotel, murmuró irónico, encogiéndose de hombros: "¡Ni que un hotel fuese una escuela de buenas costumbres! Es una cursilería". Aquella fatídica palabra cursi, que tantas noches le quitase el sueño, se le había atragantado y aumentado aún la dosis de su ira contra la grandísima perdida de la Roldán. Pero el verdadero motivo de su enfado era que hacía ya tres días que notaba la inclinación del marqués viudo de Casa-Temblante por la cubanita. Y no es que ella tuviese nada que ver con el banquero, no; eso, no. No por virtud, que era tan frívola que hasta de virtud era incapaz, sino por ciertos escrúpulos, "muy" de Guadalajara, que tenía en engañar a su marido. Pero, eso sí, vanidosa hasta la hipérbole, sentíase muy halagada de tener un orador, y, además, práctica, con maliciosa y vulgar práctica provinciana, dábase cuenta vagamente de que gastaban más de lo que podían y de que lo mismo los restos de la fortuna de Paco que la no muy cuantiosa dote de ella, de seguir el derrotero emprendido a caza de la elegancia, no durarían mucho, y puesta en aquel caso de conciencia, de escoger entre su honra y la elegancia, no dudaría de sacrificar al interés lo que no sacrificaría al amor o al capricho. Y entonces, ¡quién sabe!, aquel viejecillo pulcro, elegantísimo, podría ser una solución a los apuros pecuniarios de Casimira.

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