Por qué hay un poeta más y un labrador menos

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Era, como he dicho, por el mes de Octubre. Mi padre, que tenía la costumbre de toda la vida de levantarse antes de amanecer o lo más tarde al rayar el alba, para bajar un cesto de cebo a los bueyes, que eran uno de sus amores, como es muy común en los labradores vascongados, se levantó a la hora acostumbrada, y al acercarse a la ventana, no sé si para ver qué tiempo hacía o por qué ladraba furiosamente el perro, retrocedió profundamente sorprendido y alarmado: una partida de cristinos, cuyo correaje blanco se distinguía muy bien, a pesar de que aún no era día claro, estaba rodeando la casa. Comprendiendo que su objeto era apoderarse de Juan, corrió al cuarto de éste, que se estaba ya vistiendo, para poner en conocimiento del pobre joven lo que ocurría, y obligarle a ocultarse en una especie de subterráneo que habíamos excavado en la cuadra para ocultarlos objetos más preciosos de casa cuando venían soldados.

- No, no me escondo - le replicó Juan- , porque pudieran descubrirme, y, en ese caso, sería perderlos a ustedes. Prefiero saltar por una ventana, y así, o moriré o me salvaré.

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