Explore "La paliza" by Antonio de Trueba on Textopian. Read with annotations and highlights.
El pobre Angelote era verdaderamente pobre, porque mientras él echaba el cuajo trabajando solo en las heredades que rodeaban la casa blanca, sus hijos, que ya eran bastante talluditos para manejar un par de layas entre su padre y su madre, bajaban a jugar a la pelota y los bolos en torno de la iglesia, y su mujer, tan fresca como una lechuga, andaba de mercado en mercado y de romería en romería.
Seneca, que era el mismo demonio para observar y satirizar, observó cuatro domingos seguidos al ir a misa que a Angelote se le reían los calzones por la parte más seria, y observando el quinto domingo que a pesar de ser negros habían sido cosidos con hilo blanco, teniendo además puntada de mortaja de suegra, se puso a cantar con una sonrisa que frió la sangre a Angelote: