Las orejas del burro by Antonio de Trueba — Read

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Para el tío Robustiano, que era hombre de bien a carta cabal y ya había consentido en que todo Zarzalejo le llamaría el padre del señor cura, fue una puñalada la pérdida de aquella esperanza. Tener un hijo cura era para él la mayor de las honras. Yo conocí en una ciudad de Castilla una pobre mujer que sólo tenía un defecto, y era un orgullo tan desmedido, que no la permitía tratarse de igual a igual con las vecinas. Este orgullo se fundaba en que su marido era sepulturero, y por consiguiente, como ella decía reventando de vanidad, la familia era de iglesia. Y yo conozco en una aldea de Vizcaya a una buena y amada compañera de mi infancia que, oyendo mis reconvenciones porque no se resignaba con la voluntad de Dios que le había llevado un hijo próximo a ordenarse de misa, me contestó: -«¡Ay! era muy dulce para mí la esperanza de que manos engendradas en mis entrañas alzasen todos los días la hostia consagrada y bendijesen al pueblo donde he nacido, he vivido y he de morir!»

El tío Robustiano había prometido no pegar al muchacho; pero cuando éste, tratando de defenderse de la acusación de que no sabía jota de latín, sostuvo que sabía cuando menos tanto como el señor cura, y se atrevió a poner en duda la veracidad y buena fe en cuya virtud le condenaba su padre a abandonar la carrera eclesiástica y a dedicarse a destripar terrones, el tío Robustiano perdió los estribos indignado de que un mocoso como su hijo se atreviese a dudar de la sabiduría y veracidad del señor cura, y faltó poco para que moliera a palos al pobre Pericañas.

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