Sangre torera by Arturo Reyes — Read

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Cinco años eran transcurridos cuando volvemos a poner a plena luz a nuestros protagonistas, años durante los cuales apenas si alguna que otra nube de verano había logrado empañar el radiante cielo de aquellos juveniles amoríos; en vano los padres de Maricucha habían intentado romper aquellos tan dulces lazos; sus consejos habíanse estrellado en la firmeza de la muchacha, y en vano también los mocitos de más bandera habíanla puesto tenaz amoroso asedio. Ante sus muros habían tenido que abatir sus pendones los más irresistibles ternes del distrito. Paco el Tulipa, Juan el Jeqüero, Curro el Ventolina; aquel trío inmortal en las tradiciones percheleras y trinitarias había sufrido la humillación de verse preteridos al Cartulina; éste habíase visto precisado a abandonar el oficio que adoptara años antes. Maricucha habíase ingeniado para dejar la cesta de los encajes y ya no callejeaba pregonando rítmicamente sus mercancías. Todos los días de subasta acudía a las agencias de su predilección, y revendiendo los lotes de alhajas que en ellas adquiría, fue progresando hasta el punto de poder trabajar por cuenta propia, en tanto su madre pasábase el día charlando en el patio del corralón, y su viejo en cualquiera de las tabernas próximas, poniendo cátedra de vago y de alegre y de chirigotero.

Este paso de avance de la gitana hízole a Antonio pensar en abandonar para siempre el humilde oficio, decisión que le hizo llevar a la práctica Maricucha, que hubo de decirle un día señalándole los útiles de su industria:

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