Sangre torera by Arturo Reyes — Read

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La sala estaba sumida en medrosa claridad; una mariposa encendida delante de una imagen de la Virgen la iluminaba vagamente. Maricucha estaba sola; Maricucha sentíase contenta; ya era pasada la hora de peligro.

No se merecía Antonio los malos ratos que ella había pasado, los que le hiciera pasar toreando en Antequera y lo sufrido en aquel día. La lengua y el corazón dolíanle de tanto rezar por él, como que no había cesado de hacerlo hasta que entró el señor Frasquito diciéndole:

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