Explore "El tungsteno" by César Vallejo on Textopian. Read with annotations and highlights.
Pocas semanas después, el herrero Huanca conversaba en Quivilca con Leónidas Benites y el apuntador y ex amante de la finada Graciela. Era de noche. Estaban en el rancho del apuntador, situado en el campamento obrero, pero muy a las afueras de Quivilca, cerca ya de las quebradas de "Sal si puedes". En el único cuarto del rancho miserable, donde el apuntador vivía solo, ardía, junto a la cama, un candil de kerosene. Por todo mueble, un burdo banco de palo y dos troncos de alcanfor para sentarse. En los muros de cercha, empapelados de periódicos, había pegadas con goma unas fotografías arrancadas de Variedades, de Lima. Los tres hombres hablaban misteriosamente y en voz baja. Con frecuencia, callaban y aguaitaban con cautela entre los magueyes de la puerta, hacia la rúa desierta y hundida en el silencio de la puna. ¿Qué insólito motivo había podido juntar en un ambiente semejante a estos hombres tan distintos unos de otros? ¿Qué inaudito acontecimiento había sacudido a Benites, al punto de agitarlo y arrastrarlo hasta el humilde apuntador y, lo que era más extraño, hasta Servando Huanca, el herrero rebelde y taciturno? ¿Y cómo, de otra parte, había ido a parar Huanca a Quivilca, después de los sucesos sangrientos de Colca?
-¿Estamos, entonces, de acuerdo? -preguntó vivamente Huanca a Benites / y al apuntador.