Fabla Salvaje by César Vallejo — Read

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A la hora en que Balta salía de dormir, ya Adelaida había también regado y, con escoba que ella misma hacía de verdes y olorosas hierba santas traídas a esa hora de la campiña, había barrido, plata, los dos corredores, los dos patios hasta cerca de los primeros rellanos del huerto, la pequeña sala de arriba, el zaguán y la calle correspondiente a la casa. Se había lavado, y cuando servía el caldo matinal, de rica papaseca, festoneada de tajadas de áureo rocoto perfumado, a su marido plácido, todavía caían al plato humeante algunas gotas de mujer, de sus largas y negras trenzas.

Adelaida era una verdadera mujer de su casa. Todo el santo día estaba en sus quehaceres, atareada siempre, enardecida, matriz, colorada, yendo, viniendo y aun metiéndose en trabajos de hombre. Un día Balta estuvo en la chacra, lejos. La mujer, agotadas sus faenas, propias de su incumbencia femenina, fue al corral y sacó a "Rayo". El caballo venía buenamente a la zaga de Adelaida, que lo ató al alcanfor del patio, y trajo seguidamente las tijeras. Se puso a pelarlo. Mientras hacía esto cantaba un yaraví, otro.

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