Fanfarlo by Charles Pierre Baudelaire — Read

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Samuel Cramer, que en otros tiempos había firmado bajo el nombre de Manuela de Monteverde varias locuras románticas -en los buenos tiempos del Romanticismo-, es el producto contradictorio entre un pálido alemán y una chilena mulata. Añada a este doble origen una educación francesa y una cultura literaria, y quedará usted menos sorprendido -ya que no satisfecho y edificado- de las complicadas rarezas de este carácter. Samuel tiene la frente pura y noble, los ojos brillantes como gotas de café, la nariz grosera y burlona, los labios impúdicos y sensuales, el mentón cuadrado y déspota, y la cabellera pretenciosamente rafaelesca. Es a la vez un gran holgazán, un triste ambicioso y un ilustre infeliz; ya que en toda su vida no ha tenido más que ideas a medias. El sol de la pereza que resplandece sin cesar en su interior, vaporiza y consume aquella mitad de genio con que el cielo lo ha dotado. Entre todos los medio-grandes hombres que he conocido en esta terrible vida parisina, Samuel fue, más que cualquier otro, el hombre de las bellas obras fallidas; criatura fantástica y enfermiza, cuya poesía brilla más en su persona que en sus obras, y que, hacia la una de la mañana, entre el resplandor de un fuego de carbón y el tic-tac de un reloj, se me muestra siempre como el dios de la impotencia, dios moderno y hermafrodita, ¡impotencia tan colosal y enorme que torna épica!

¿Cómo ponerles al tanto y hacerles ver con claridad el interior de esta tenebrosa naturaleza, plagada de vivos destellos, perezosa y emprendedora al mismo tiempo, fecunda en difíciles designios y en risibles fracasos; espíritu en el que la paradoja toma a menudo proporciones de ingenuidad, y cuya imaginación era tan basta como la soledad y la pereza absolutas? Uno de los defectos más naturales en Samuel era el considerarse igual a aquellos que admiraba; después de la apasionante lectura de un hermoso libro, su conclusión involuntaria era: "¡Esto es tan bello, que podría ser mío!" Y de ahí a pensar: "Es por lo tanto, mío…", no hay más que un paso.

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