El hombre del antifaz blanco by Edgar Wallace

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Luis Landor se quedó contemplando al aborrecido individuo que él había derribado de un golpe. Yacía como una masa inerte. De pronto, un súbito terror dominó en su corazón al sentimiento de odio. Examinó con la mirada la calle desierta. Frente por frente se veía una clínica; una lamparilla roja colgada de un soporte encima de la puerta indicaba cuál era la profesión de quien allí vivía. Vio que la puerta estaba abierta y que en el hueco de la misma se distinguía la sombra de una persona. ¿Iría a pedir que socorriesen al caído? Pero este impulso desapareció instantáneamente, como había venido. Se jugaba con ello su propia seguridad. Avanzó a toda prisa protegiéndose con la sombra de aquel muro elevado, y ya había llegado al arco del ferrocarril, cuando, frente por frente de él, apareció la silueta de un agente de Policía, viniendo en su misma dirección. Miró a su alrededor buscando por dónde escapar. A su derecha se alzaban los dos grandes batientes de una puerta cochera. Vio que uno de ellos tenía un postigo e instintivamente lo empujó. Por alguna casualidad extraordinaria no tenía echada la llave y cedió. Entrar, buscar a tientas el cerrojo y correrlo, fue todo cosa de un segundo. El guardia pasó sin darse cuenta de su presencia.

El agente de Policía Hartford, pues éste era el que acababa de pasar, estaba en aquellos instantes muy preocupado en componer mentalmente la alocución que pensaba pronunciar en la próxima reunión de su logia, durante la cual habían de discutirse temas del mayor interés. Tan absorto se hallaba con sus pensamientos, que nada tiene de extraño que no viese al fugitivo.

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