El jeroglífico by Edgar Wallace — Read

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Como es natural, Kathleen consideraba al notario un amigo desinteresado. No había motivo alguno para que ella no pensara así. Y si faltaba algo para generar semejantes ideas la última acción del notario, que tan pronto como por mero accidente había descubierto la clave del secreto de la caja de caudales había acudido a comunicársela, debía elevarle a la mejor opinión de la joven. Como es lógico, el señor Spedding había aconsejado obrar sin pérdida de tiempo, y cuando Kathleen se mostró un poco vacilante alegando lo intempestivo de la hora para iniciar la caza de un libro, Spedding insinuó los peligros de retrasarse, advirtiéndole que había otros interesados en la fortuna que acaso obraran con mayor rapidez, arrebatándole una fortuna que legalmente era suya. La joven declaró que deseaba avisar a Ángel y a Jimmy, pero el notario se dio prisa en disuadirla, aconsejándole el mayor secreto.

Al fin, atraída por la emoción de la aventura nocturna, la rápida carrera en automóvil y los millones que le esperaban, accedió a acompañar al notario.

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