El misterio de la vela doblada by Edgar Wallace

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Kara se dejó caer sobre la almohada con un gesto de desprecio, y su cerebro continuó trabajando activamente. Ignoraba qué seria lo que hubiese puesto en marcha el tren de sus pensamientos, pero en aquel momento su mente estaba ya muy lejos. Le había hecho retroceder una docena de años, transportándole a una sucia cabaña en la campiña de Durazo: le representaba la cara lívida de un joven jefe albanés, que por un capricho de Kara había perdido todo lo que la vida tiene para un hombre: los ojos cargados de odio del padre de la muchacha que, con los brazos cruzados, miraba las figuras maniatadas que yacían en el suelo; las vigas ennegrecidas por el humo de aquella cabaña y las sombras que bailaban en el techo; aquella terrible hora de espera que él pasó atado a un poste al lado de una vela que parpadeaba y chisporroteaba, acercando su llamita cada vez más al montoncito de pólvora, del que partía el rastro hacia la máquina infernal instalada debajo de sus pies.

Se acordaba bien de aquel día, porque era la Candelaria, y entonces hacía años. Recordaba también otras cosas más agradables: el ruido de cascos en el rocoso camino, la caída de la puerta ante los golpes de los gendarmes turcos enviados para rescatarle. Recordaba con salvaje alegría el espectáculo de sus frustrados asesinos retorciéndose en el patíbulo de Pezzaro, y. oyó el timbre de la puerta de la calle.

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