La pista de la llave de plata by Edgar Wallace

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Surefoot se arrodilló y aproximó su cara al suelo; el olor de gas era asfixiante. Probó el picaporte; la puerta estaba cerrada por dentro, y sus repetidas llamadas no obtuvieron respuesta. Dando un paso atrás, arrojó todo el peso de su cuerpo contra la puerta. Se sintió un ruido y cayó de cabeza dentro del cuarto. Estaba éste tan lleno de gas, que por poco se asfixia, y solamente pudo, con dificultad, salir tambaleándose. Fue al cuarto de la muchacha, empapó una toalla en agua y, poniéndola sobre la cara, atravesó corriendo el cuarto y abrió de par en par una ventana. Después, volviendo su atención hacia el hombre que estaba tirado en el lecho, le cogió por debajo de los sobacos y le arrastró hasta el pasillo.

El hombre aún respiraba. Una ojeada a su cara purpúrea, y en su asombro por poco deja caer la inanimada figura. ¡Leo Moran! A todo esto, el hotel ya estaba en alarma. Un doctor que vivía en el último piso salió en pijama y abrigo y proporcionó los primeros auxilios, mientras Surefoot volvía a entrar en el cuarto. Encendió la luz eléctrica. El gas continuaba saliendo del mechero de la estufa y lo cerró antes de abrir más la ventana. Vio ahora los cuidadosos preparativos que habían sido hechos para esta tragedia consumada. Había tiras de aglutinante a cada lado de la ventana. Encontró también que el agujero de la llave y la ranura de debajo de la puerta que daba al cuarto de baño habían sido tapados con una toalla. Cerca de la cama había medio vaso de whisky y soda. Evidentemente, Moran había estado escribiendo. Surefoot cogió la carta a medio terminar, vio que estaba dirigida al director general del Banco para el que había trabajado, y leyó:

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