Brenda by Eduardo Acevedo Díaz — Read

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La señora Orfila de Nerva, viuda de un hombre distinguido, viose a la muerte de su esposo sin familia y poseedora de una importante fortuna. Aunque retirada desde entonces de los círculos sociales en que había sido objeto de merecidas simpatías, conservaba sin embargo el grado de consideración que se conquista una mujer de virtudes, reapareciendo en aquellos de vez en cuando para recibir las mismas elocuentes pruebas de aprecio. Si bien esto era un consuelo a su soledad, lo fue más la compañía de Brenda, en quien concentró sus mayores afectos. Había vinculado al principio a su existencia a la niña huérfana, inspirada por sentimientos de piadosa filantropía y como un tributo a la memoria del padre, de quien su esposo recibiera nobilísimos servicios, propios de una amistad leal y sincera; pero, a medida que avanzó el tiempo, lo que sólo había sido objeto de un acto de conciencia, convirtiose en verdadera pasión. Un cariño acendrado reemplazó al vacío del aislamiento. El generoso corazón de la anciana pudo compensarse sin esfuerzos de las horas amargas de pasados duelos. Brenda reunía todas las preciosas calidades de estas almas, tanto más elevadas y austeras, cuanto han conseguido salir ilesas del seno del dolor y la desgracia, en pos de una lucha tenaz y ruda. ¡Raro ejemplo! Pero no es sólo el brillante el que soporta la prueba del fuego: hay joyas de carne de mayor valla, que la tentación acosa y rodea enmedio de la miseria y de la noche, sin lograr que su virtud flaquee o empalidezca su brillo. Han nacido como la perla solitaria, y en su crecimiento noble se mantienen ocultas y adheridas, en el interior de su alcázar de nácar, donde resisten el olaje de las pasiones y la presión fatal de fuerzas ciegas para lucir más tarde puras y hermosas en las guirnaldas del amor y de la dicha.

Brenda pertenecía a esas naturalezas exquisitas y delicadas, cuya sensibilidad profunda ofrece a la vejez doliente, la lumbre y el calor vital que amengua el frío de sus años. Su cariño entibiaba y removía las fibras como un aliento de primavera: había adquirido el hábito de amar más en la hora del rigor de la suerte, que en los días plácidos y serenos, y nunca se había preocupado de sí, sin pensar a la vez en el deber de conservar entero el culto a su noble protectora. ¡No conocía todavía ningún drama íntimo de conflicto de deberes! Era amada con pasión entrañable. Orfila de Nerva había sabido concentrar en su corazón recogido y envuelto entre los pliegues del recuerdo, el caudal de ternuras no prodigadas por sino de la suerte, y que ella debía gozar más tarde sin reservas. Por esto mismo, sin duda en el exceso de su cariño y creyendo reinar sin rival en aquella alma joven e ingenua, la anciana se proponía la felicidad de su pupila sobre la base de una obediencia respetuosa que Brenda no desmintió en sus días tranquilos. Pensaba no proceder con egoísmo de esta manera. Una niña honesta, según las reglas de las antiguas costumbres y de la educación de otras épocas, tenía asignada en los proyectos de la potestad doméstica la elección casi irrevocable de su destino. Lógica inflexible la de aquel corazón viejo, y en el fondo tiernísimo; no recordaba quizás que también tuvo pasiones vehementes y espontáneas; y por eso, hablando más en ella la dura práctica del tiempo, parecía dispuesta a reñir los ideales juveniles, a burlarse mansamente del ensueño y hacer gesto desdeñoso a la ilusión dorada. Algo de positivismo frío y severo se mezclaba al cariño inefable, el último tal vez que le hacía grata la vida; y al prodigarlo sin reserva, le agregaba un poco del criterio suspicaz del desengaño de que hiciera en el mundo abundante cosecha. Imaginábase así que podía indicar la fórmula de la ventura posible y evitar a la joven las asperezas y dificultades del problema, sin tener presente que toda naturaleza virgen debe a la prueba del dolor su tributo, aunque fuere dejando la mayor parte de sus bellos ideales a lo largo del camino. ¡Cuán difícil, sin embargo, podría ser una transición suave de la actual dicha apacible a una felicidad futura, sin pesares, sin obstáculos, sin fantasías peligrosas!

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