Brenda by Eduardo Acevedo Díaz — Read

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En las primeras horas de una noche tormentosa, un morador situado cerca de la punta de Piedras Negras, que se dibuja al norte de la del Buceo como un lomo de saurio hundido en el cieno, habría visto deslizarse a la luz de los relámpagos, sobre las aguas agitadas y sombrías, una sumaca frágil y ligera, con una luz a mitad del palo, luchando con las fuertes rachas del sudeste. Aunque recogida en parte la latina vela de polacra que llevaba a proa, sin gavia, lisa y fina, como un pez sin escamas, saltaba sobre las olas siniestras con una velocidad asombrosa, a manera de langosta de mar sorprendida en la superficie por la borrasca, que pugnase por volver a la quietud de los fondos.

Tenían estos pocas brazas entre Piedras Negras y la ensenada de Santa Rosa, de empinados cantiles y áridos médanos. La ocasión no era oportuna para arribar a aquellas rocas cortadas a pico, en donde se deshacían mugiendo las aguas turbulentas; y la sumaca navegando de bolina rasaba las crestas con maniobra firme hacia el Buceo, cuya punta se prolonga en anchas faldas centenares de metros río adentro, y remata en un arrecife áspero y riscoso cubierto por el flujo. A la claridad diurna, en situación idéntica, y al chocar de las ondas en los flancos, habríase podido comparar con un cetáceo lleno del verdín submarino, de cabeza sembrada de púas, hundida en la marea; y cuyas aletas enormes batieran con furor los bajíos, convirtiendo las enconadas olas en lluvia de espumas.

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