Explore "Brenda" by Eduardo Acevedo Díaz on Textopian. Read with annotations and highlights.
Al otro día, por la mañana, la señorita de Linares encontrábase en su gabinete de labor, muellemente sentada en un diván, y entretenida en hacer pasar por entre sus finos dedos un rosario de marfil con cruz de oro. Muy temprano, como de costumbre, había oído misa en la catedral, en el fondo de una nave solitaria, en donde tenía su facistol y silla de reclinatorio, acolchada y de alto respaldo. También, siendo día de ciertas prácticas invariables de su culto, habíase confesado con el obispo, contrita y respetuosa. Pero no eran estas confidencias, que mueren sin eco bajo las anchas bóvedas, ni las absoluciones obispales las que podían absorber su espíritu en la hora de que hablamos: de lo que ocurriera ante el tribunal de la penitencia, en su confesión auricular, no hacia memoria. La vida, con sus hechos positivos, sus severas realidades y sus pasiones tumultuosas, se entraba en su mente envuelta en la luz de la mañana, para advertirla que había pasado el minuto, estéril para otros, de pensar en lo extrahumano; y así, era cierto que no vagaban por sus labios los últimos ruegos de la oración en semitono cual última espiral del incensario ante una imagen, sino pensamientos mundanales llenos de acritud y tristeza que, al bullir en su cerebro, la hacían hablar en voz alta, como si ella tratara de buscar en el sentido de la frase la verdad de la intención. Lógico es creer que sus ideas del momento se vinculasen de una manera estrecha con otra especie de confesión, que ella debía oír en breve, de labios de Diego Lampo, el sujeto que había presenciado el episodio de la muerte de Pedro Delfor.
Con la cabeza inclinada hacia el hombro izquierdo, por habitud, el gesto grave, y su vestido negro bien ceñido al talle, de modo que luciesen sus correctas formas, Areba esperaba con alguna impaciencia a este personaje, a quien diera cita, en el interés de que disipara la menor duda posible acerca del acontecimiento luctuoso.