Explore "Grito de gloria" by Eduardo Acevedo Díaz on Textopian. Read with annotations and highlights.
Bastante confusa quedó Natalia con lo que Souza acababa de comunicarles; y en esta confusión de su ánimo entraban por mucho la satisfacción y la amargura. Lo relativo a su padre, que hacía meses sufría las consecuencias de un hecho que no le era imputable, constituía, a no dudarlo, un motivo de dicha, obligándola en cierto modo hacia un hombre que ella sabía la quería con una pasión naciente y silenciosa; y la ida de este hombre a campaña para tomar parte activa en la lucha, llenábala de congojas, sólo al pensar que su rivalidad lo arrastrase a ser cruel o inexorable en caso desgraciado con quien ella tanto amaba.
Recién se daba cuenta de sus emociones, así como de la que había experimentado don Carlos en el acto de la despedida. Por lo visto, coincidieron en el mismo presentimiento y fueron presas de la misma angustia. Las generosidades, las acciones caballerescas se explicaban sin esfuerzo cuando todavía no separaba a los dos jóvenes una tendencia personal, inflexible, de suyo egoísta hacia la posesión del mismo objeto; pero ahora, todo se había deslindado y definido, sabía el uno a que atenerse respecto del otro en materia de preferencias; eran enemigos, sin embargo, que iban a encontrarse en el terreno, a embestirse y a aniquilarse en nombre de hondos agravios. El mal sería menos si se tratara de un lance singular en que el éxito se relega al brío y a la pujanza; que en este caso ella envaneciese en la creencia de que "él" no sería herido, sin herir también. Pero, el peligro estaba en la superioridad del número y de las armas de los que dominaban, al punto de que fuera verosímil y hasta posible un desastre de parte de los menos aun cuando fuese muy grande su valor, que el heroísmo -como Souza lo había dicho- más que júbilo casi siempre aparejaba duelos. ¡Oh! Que ellos combatirían como buenos en tanto no los dejase la última esperanza, bien lo sabía, tan recientes y frescas estaban las leyendas de su tierra bañada en sangre, desde el día histórico en que los hijos de sus llanos y sus bosques sacudieron las melenas y se alzó su grito de guerra entre los silbidos del "pampero".