Ismael by Eduardo Acevedo Díaz — Read

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Hacia el rumbo a que se encaminaba Balta, alzábase como un clamor confuso de guerra. Otros escuadrones y otros caudillos buscaban la cohesión en los distritos del centro, que era donde el enemigo mantenía tropas regladas y se aprestaba al combate. Fuerte corriente de viriles entusiasmos cruzaba el territorio, hiriendo en lo vivo la fibra popular. Y así como habían adherido entre otros a la insurrección, el capitán Jorge Pacheco en Paysandú, Vázquez en San José, Ojeda en Tacuarembó, Pintos y Laguna en Belén, Delgado en Cerro-Largo, Márquez y Zúñiga en Canelones, Torgués en el Pantanoso, Basualdo en Lunarejo, Manuel Artigas había a su vez reunido todos los mocetones de la zona del nordeste, armándolos con cuchillos enastados en varas toscas, algunos trabucos y tercerolas que, con ser armas más reforzadas que la carabina, sólo servían para hacer renegar a los milicianos de la invención de la pólvora. Bajo las órdenes de ese arrojado teniente, la partida había abandonado en los primeros días de Abril las márgenes del Casupá, corriéndose más hacia el centro y propagando a su paso la fiebre de lucha.

A la puerta de cada rancho, los hombres, ya a caballo, se despedían de sus mujeres y volvían riendas sin escuchar sus ruegos para lanzarse al galope hacia aquel punto del horizonte donde la polvareda, como un guión flotante en el espacio, indicaba a lo lejos el paso precipitado de la hueste.

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