Explore "Nativa" by Eduardo Acevedo Díaz on Textopian. Read with annotations and highlights.
En esos años ingratos, los conquistadores se complacían en justificar ese título pesando sobre el país de una manera despiadada, a pesar de las declaraciones honestas y liberales en la forma, del Barón de la Laguna. Decirse puede con rigorosa verdad, que muy pocas invasiones llevaron tan adelante las consecuencias de la lógica de la fuerza, como esta invasión brutal, nefasta y corruptora que se desbordó desde las fronteras hasta Montevideo arrasándolo todo con una masa de cerca de diez mil hombres aguerridos, para suplantar luego las matanzas de la guerra con el despojo, la confiscación inicua, la violación, la persecución a muerte y las prácticas del vasallaje; confiados ya también los que así procedían de que, eliminado el caudillo prepotente, habían desaparecido con los males de actualidad todos los temores de futuro. Ante esa conciencia del estado mísero de la sociabilidad uruguaya -sin alientos para sacudir el enorme peso de extranjeros tan rapaces por instintos como crueles por hábitos licenciosos-, los nuevos tercios dominadores implantaron el sistema de apoderarse de las haciendas de los departamentos limítrofes, arreándolas en grandes cantidades al territorio de Río Grande; de imponer tributos de todo género al pueblo sumiso; y aun de atentar frecuentemente a la paz de los hogares sellando su paso con actos de triste deshonor. Los co-partícipes de este género de vida "sobre el país", que habían recibido títulos y honores, parecían hallar mejor que el de Artigas un gobierno así; los débiles recogidos en la oscuridad y el silencio echaban por el contrario de menos al vencido de Catalán, terrible aun en la derrota, defensor indomable de su tierra; y los valientes buscaban en los bosques o en la ribera opuesta un refugio para agitarse febriles, a la espera de la hora en que se reiniciara la pelea.
Más que los idos, eran sin embargo los que habitaban en los montes desahogando en aventuras y encuentros parciales sus grandes odios patrióticos. Oficiales, soldados, a veces pequeñas partidas de continentales, solían desaparecer en las encrucijadas de las sierras o al vadear de un arroyo, ya a manos de los "matreros", ya tras de un ataque imprevisto de la hueste charrúa; la que como el yaguareté astuto y furtivo enseñaba silenciosa el colmillo entre las matas y masiegas gigantescas a la orilla de los ríos -recordando ser siempre la dueña de las selvas así como eran sus caciques los más astutos baqueanos del terreno. Estos hechos aislados no inquietaban a los dominadores: muy ajenos de pensar que a la lanza ya rota de Artigas debía suceder lógica y fatalmente el sable de Sarandí.