Nativa by Eduardo Acevedo Díaz — Read

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Todo aquello fue obra de pocos momentos, al punto que don Luciano y el capataz apartados algunos metros apenas del teatro de la refriega, no tuvieron tiempo de asumir una actitud resuelta cualquiera viéndose en el caso duro de permanecer inmóviles hasta tanto pasara la avalancha que los sorprendiera a su vez, cuando ni pensado habían en la posibilidad de un choque sangriento. Disipada esa ráfaga de huracán, apresuráronse a socorrer a Luis María que yacía con el rostro en tierra bañado en su propia sangre, en una inmovilidad parecida a la rigidez de la muerte. Restañáronle las dos heridas que tenía en la cabeza, y ciñéronsela con dos pañuelos, cargando luego con él.

En la travesía, abrió dos o tres veces los ojos para quedarse de nuevo como aletargado, sin pronunciar palabra alguna. La pérdida de sangre había sido copiosa, sucediéndose a ella una debilidad extrema. Una de las heridas sólo había interesado el cuero cabelludo; pero la otra, más profunda y grave sobre el parietal izquierdo, habíale ofendido el hueso en parte.

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