Robinson Crusoe by Daniel Defoe

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Mi isla estaba ahora poblada y me consideré rico en súbditos. Me hacía gracia verme como si fuese un rey. En primer lugar, toda la tierra era de mi absoluta propiedad, de manera que tenía un derecho indiscutible al dominio. En segundo lugar, mis súbditos eran totalmente sumisos pues yo era su señor y legislador absoluto y todos me debían la vida. De haber sido necesario, todos habrían sacrificado sus vidas por mí. También me llamaba la atención que mis tres súbditos pertenecieran a religiones distintas. Mi siervo Viernes era Protestante, su padre, un caníbal pagano y el español, papista. No obstante, y, dicho sea de paso, decreté libertad de conciencia en todos mis dominios.

Tan pronto acomodé a mis débiles prisioneros rescatados y les di cobijo y un lugar para reposar, me puse a pensar cómo conseguirles provisiones. Lo primero que hice fue ordenarle a Viernes que cogiera un cabrito de un año de mi propio rebaño y lo matara. Le corté el cuarto trasero y lo troceé en pequeños pedazos. Viernes los coció y preparó un plato muy sabroso, puedo aseguraros, de carne y caldo, al que le añadió un poco de cebada y arroz. Como cocinaba siempre afuera, para evitar fuegos en mi muralla interior, lo llevé todo a la nueva tienda y allí puse una mesa para mis huéspedes. Me senté a comer con ellos y traté de animarlos lo mejor que pude. Viernes me servía de intérprete con su padre y con el español, que hablaba bastante bien el idioma de los salvajes.

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