Read "Los exploradores españoles del siglo XVI" by Charles Fletcher Lummis online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
El estudiante más familiarizado con la historia, se queda atónito a cada paso ante el relato de las jornadas de los exploradores españoles. Aun cuando no hubiesen hecho otra cosa en el Nuevo Mundo, sus largas marchas por sí solas serían suficientes para darles fama. En ninguna otra parte se ha sabido jamás de tantos y tan largos viajes por semejantes desiertos. Para comprender esas jornadas de millares de millas, que hacían aquellos héroes, ya solos o en pequeñas partidas, tiene uno que conocer el país que atravesaron y saber algo de los tiempos en que esos hechos se llevaron a cabo. Los cronistas españoles de aquel tiempo no insisten al hablar de las dificultades y peligros que encontraban: es lástima que, siquiera por vanagloria, no se extendieran en el relato de aquellos obstáculos. Pero, por lacónicas que sean las narraciones sobre tales puntos, despréndese de ellas que encontraron grandes obstáculos y tuvieron que vencerlos; y aun hoy día, después que tres centurias y media han hecho más habitable aquel desierto que cubría medio mundo; que han domeñado a sus naturales; que lo han llenado de cómodas estaciones; que lo han cruzado con fáciles caminos y le han quitado el noventa por ciento de sus terrores, encontraríanse pocos hombres lo bastante atrevidos para emprender las tremendas jornadas que aquellos bravos héroes consideraban como tareas diarias. El único hecho casi comparable con las caminatas de los españoles por el Nuevo Mundo, es la historia de los argonautas de California, en 1849, los cuales atravesaron las extensas llanuras con el más notable movimiento de población que refiere la historia; pero aun ese incidente fué mezquino en cuanto a superficie, penalidades, peligros y fortaleza, comparado con los viajes de los exploradores españoles. Las jornadas de mil millas a través de los desiertos o de las más fatales todavía selvas tropicales, fueron demasiado numerosas para ni siquiera catalogarlas. Una cosa es seguir una senda, y otra penetrar en un páramo sin senda alguna. Una cosa es ir en larga caravana de carromatos bien armados, y otra muy distinta marchar en pequeñas partidas, a pie o en pencos cansados. Una jornada desde un punto conocido a otro punto conocido también-ambos dentro del mundo civilizado, aun cuando entre los dos se extiendan tierras desiertas,-es muy distinta de una jornada que se emprende desde un punto, a través de tierras ignotas, a otro punto ignorado, siendo la salida, el trayecto y el término cosas del azar y la ventura, sin guías ni jalones que marquen el camino. Lejos de mí la idea de rebajar el heroísmo de nuestros argonautas. Dejaron en la historia una página de la que puede estar orgulloso cualquier pueblo; pero no llegaron nunca a igualar las proezas de similares héroes de otra nacionalidad y de otra época.
El recorrido de Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, el primer caminante de Norteamérica, quedó eclipsado por la proeza del infeliz y olvidado soldado Andrés Docampo. Cabeza de Vaca anduvo mucho más de diez mil millas; pero Docampo pasó de veinte mil, y sufriendo igualmente terribles penalidades. Las exploraciones de Cabeza fueron mucho más valiosas para el mundo; no obstante, ninguno de los dos salió con intenciones de explorar. Pero Docampo hizo su terrible marcha a pie, voluntariamente y con un fin heroico, que tuvo a la postre un enorme resultado; mientras que la empresa de Cabeza fué simplemente el heroísmo de un hombre muy singular para librarse de la desgracia. Las andanzas de Docampo duraron nueve años; y aun cuando no dejó libro alguno relatando sus observaciones, como lo hizo Cabeza, el esqueleto de su historia que nos ha quedado es sumamente sugestivo y característico de aquella época, y refiere otros heroísmos, además del de aquel bravo soldado.