Los exploradores españoles del siglo XVI by Charles Fletcher Lummis

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Allá por los años de 1471 a 1478 (no estamos seguros de la fecha exacta), nació un infortunado chico en la ciudad de Trujillo, provincia de Extremadura (España). Era hijo ilegítimo del coronel Gonzalo Pizarro, el cual se había distinguido en las guerras de Italia y de Navarra. Pero su parentesco no le fué de provecho alguno. El niño bastardo nunca tuvo hogar; hasta se dice que fué abandonado como expósito en el atrio de una iglesia. Creció y se hizo hombre en la ignorancia y la pobreza más abyecta, sin escuela y sin que nadie cuidase de él, y teniendo que procurarse por sí solo la subsistencia. Unicamente podía dedicarse a las más bajas faenas; pero parece que en ellas ponía sus cinco sentidos. ¡Cómo los muchachos de la vecindad se hubieran reído y mofado si alguien les hubiese dicho: "Ese rapaz sucio y harapiento que guarda puercos en los encinares de Extremadura, será un día un grande hombre, en un nuevo mundo que nadie ha visto todavía; será un soldado más famoso que nuestro Gran Capitán, y repartirá más oro que el Rey, nuestro Señor!" Y no hubiese podido reprochárseles sus burlas. El hombre más sabio de Europa en aquella época tampoco habría dado crédito a tal profecía; porque, a la verdad, era la cosa más improbable del mundo.

Pero el mozuelo que sabía guardar fielmente los puercos cuando no había cosa mejor que hacer, podía dedicarse a cosas más grandes cuando éstas se le ofrecían, y salir igualmente airoso de ellas. Afortunadamente para él, surgió muy a tiempo el Nuevo Mundo. A no ser por Colón, hubiera sido hasta su muerte un porquerizo, y hubiese perdido la Historia una de sus más gallardas figuras, así como otras muchas a quienes el aventurero genovés abrió las puertas de la inmortalidad. Para miles de hombres tan incomprendidos por sí mismos como por los demás, no había entonces en la vida sino una abyecta obscuridad en la atestada, ignorante y empobrecida Europa. Cuando España halló de repente nuevas tierras allende los mares, causó el hecho un despertar de la humanidad como no se había visto ni volverá a verse nunca. Se halló, literalmente hablando, un nuevo mundo, y con ello se creó casi una nueva gente. No sólo se aprovecharon de tan maravillosa novedad los grandes hombres y los de preclaro ingenio; el más pobre e ignorante podía entonces elevarse y crecer hasta desarrollar toda la estatura del hombre que dentro de él había. Fué, en realidad, el gran principio de la libertad del hombre; la primera apertura de la puerta de la igualdad; la primera semilla de las naciones libres como la nuestra. El Viejo Mundo era el campo de los ricos y los favorecidos; pero América era ya lo que tiene el orgullo de ser hoy: la gran oportunidad para el pobre. Y es un hecho muy notable que casi todos los que se hicieron una gran nombradía en América, fueron no los grandes que a ella vinieron, sino los hombres obscuros que aquí se aquistaron la admiración de un mundo que antes ni siquiera conocía su nombre. De todos éstos y de todos los otros, fué Pizarro el más grande explorador. El engrandecimiento del mismo Napoleón no fué un triunfo tan sorprendente de la fuerza de voluntad y del genio sobre todos los obstáculos, ni moralmente más digno de alabanza.

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