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No cabe dudar que Pizarro aceptó esta proposición de buena fe. El carácter del hombre, su religión, las leyes de España y los indicios justificados que nos ofrece su habitual conducta, nos inducen a creer que tenía efectivamente la intención de poner en libertad a Atahualpa en cuanto se pagase su rescate. Pero circunstancias posteriores, que él no pudo evitar y por las que no debe culpársele, le obligaron a proceder de otra manera.
Los mensajeros de Atahualpa se diseminaron por el Perú a fin de reunir el oro y la plata necesarios para el rescate. Entre tanto Huascar, el cual se recordará que estaba prisionero en manos de la gente de Atahualpa, al enterarse del arreglo propuesto, envió un mensaje a los españoles exponiendo su cuita y reclamando sus derechos. Pizarro dió órdenes de que fuese conducido a Cajamarca para que expusiese allí su pretensión. El único modo de averiguar cuál de los dos jefes rivales tenía razón, era carearlos y pesar sus respectivas pretensiones. Pero esto no le convenía a Atahualpa. Antes de que Huascar pudiese ser llevado a Cajamarca, fué asesinado por sus guardianes indios, que eran hechura de Atahualpa, y, según opinión general, por orden del mismo Atahualpa.