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Almagro había penetrado en Chile, sufriendo grandes penalidades al cruzar las montañas. De nuevo dió muestra de cobardía, pues, descorazonado desde el principio, retrocedió, regresando al Perú. Parece como si hubiese decidido que le sería más cómodo robar a su camarada y bienhechor que llevar a cabo por sí mismo una conquista, especialmente sabiendo la situación en que a la sazón se hallaba Pizarro. Este, enterado de su regreso, salió a recibirle. Manco atacó a los españoles en el camino; pero fué rechazado después de una encarnizada lucha.
A pesar de los sensatos argumentos de Pizarro, Almagro no quiso abandonar su plan. Insistió en que se le cediese Cuzco, la ciudad principal, bajo pretexto de que estaba al sur del territorio concedido a Pizarro; en realidad se hallaba situada dentro de los límites que a Pizarro concedió la Corona; pero esto no era óbice para un hombre como él. Por fin se convino en una tregua hasta que una comisión pudiese medir y demarcar la frontera sur de las tierras de Pizarro. En el ínterin se comprometió Almagro, con un solemne juramento, a tener los cepos quedos. Pero no era hombre capaz de mantener su juramento ni su palabra de honor; así fué que, en la obscura y tempestuosa noche del 8 de abril de 1537, se apoderó de Cuzco, mató a los centinelas e hizo prisioneros a Hernando y Gonzalo Pizarro. Iba entonces Alonso de Alvarado en auxilio de Cuzco con bastante fuerza; pero, traicionado por uno de sus oficiales, fué hecho prisionero, con todos sus hombres, por Almagro.