Germinal by Émile Zola

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A las cuatro empezaron a bajar los obreros. Dansaert, instalado en la oficina del marcador, en el departamento de las luces, inscribía en un libro el nombre de cada obrero que iba presentándosela, y hacía que le diesen una linterna. Los admitía a todos sin hacer ninguna observación, cumpliendo fielmente la promesa de la Compañía; pero cuando vio por el ventanillo a Esteban y a Catalina, dio un salto en la silla y se puso muy colorado; se quedó con la boca abierta para decirles que se marchasen; pero se contuvo, y se contentó con el triunfo que aquello significaba. ¡Hola, hola! ¡Con que el fuerte de los fuertes se rendía! ¡El terrible cabecilla de Montsou iba a pedirles de comer! Esteban cogió en silencio la linterna y subió a la boca del pozo, acompañado de la muchacha.

Pero allí era precisamente donde Catalina temía las malas palabras y las recriminaciones de los compañeros. Al entrar en el cuarto de la máquina, vio a Chaval en un grupo de otros veinte, esperando a que hubiese un ascensor vacío. Ya se adelantaba hacia ella, cuando se detuvo al ver a Esteban. Entonces empezó a burlarse y a encogerse de hombros despectivamente. ¿A él qué le importaba?, desde el momento que el otro tomaba lo que él no quería, no debía enfadarse. Allá se las hubiera el señorito, si le gustaba ser plato de segunda mesa; y, a pesar de aquellas apariencias de desdén, se sentía atacado por un acceso de celos mal disimulado. Los demás compañeros guardaban silencio, con los ojos bajos y mirando de reojo a los recién llegados; pero sin meterse con ellos. Luego, abatidos, resignados, se volvían a mirar la boca del pozo, con sus linternas en la mano, tiritando en medio de las corrientes de aire que penetraban por todos lados.

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