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En la jaula en que subía, hacinado con otros cuatro, Esteban resolvió volver a corretear por los caminos, reanudando su vagar de hambriento. Lo mismo daba reventar de una vez que volver a bajar al fondo de aquel infierno, si de todos modos no había de ganar ni para pan. Catalina, que había entrado en otro departamento, no estaba como a la bajada, pegada a él y comunicándole el agradable calor de su cuerpo. Esteban prefería dejarse de tonterías y marcharse; porque con su superior instrucción no se sentía tan resignado como aquel rebaño humano, y acabaría por matar a algún jefe.
De pronto se quedó como ciego. La subida había sido tan rápida, que se vio deslumbrado por la claridad del sol, y sin poder abrir los párpados, habituados ya a la oscuridad. No por eso dejó de experimentar un gran consuelo al sentir la jaula descansando sobre sus goznes. Un obrero de los de arriba abrió las puertas, por donde se precipitaron los mineros.