Germinal by Émile Zola

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Daban las once en la capilla del barrio de los Doscientos cuarenta, un edificio de ladrillo, adonde iba a decir misa todos los domingos el padre Joire. Al lado, en la escuela, que también era de ladrillo, se oían las voces monótonas de los muchachos a pesar de hallarse las ventanas cerradas para resguardarse del frío del exterior. Las amplias calles, señaladas por jardinillos unidos unos a otros, continuaban desiertas; y aquellos jardines, destrozados por los vientos de invierno, causaban tristeza más que otra cosa. En todas las casas estaban haciendo la comida; las chimeneas humeaban; de tarde en tarde se veía una mujer en la calle, que abría una puerta y desaparecía enseguida. Por todas partes, a las orillas de las aceras, los canales iban a desbordar en los agujeros de las alcantarillas, aun cuando hacía ya días que no había llovido, tan cargado estaba el cielo de humedad. Y aquel pueblecillo, levantado como por encanto en medio de la desierta llanura, bordeado por caminos negruzcos que parecían una orla de luto, tenía el aspecto más triste que se puede imaginar.

Antes de entrar en su casa la mujer de Maheu, dio un rodeo para comprar patatas en casa de la mujer de un vigilante, que conservaba algunas de la cosecha anterior. Detrás de un grupo de árboles, aunque raquíticos, cosa bien rara en aquella estéril llanura, se veían unas cuantas casas aisladas, rodeadas de jardín. La Compañía reservaba estas viviendas para los capataces, por lo cual los obreros llamaban a aquel barrio el de las Medias de seda, de igual modo que al suyo le tenían apellidado Paga tus deudas, por el deseo de burlarse de su propia miseria.

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