Germinal by Émile Zola

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El día siguiente, y en los sucesivos, Esteban reanudó su trabajo en la mina. Iba acostumbrándose, y su existencia se amoldaba a aquellas tareas y aquellos hábitos, que tan rudos e insufribles le parecieron en un principio; una sola aventura alteró la monotonía de la primera quincena: una ligera fiebre, que le tuvo cuarenta y ocho horas en la cama, con los miembros destrozados, la cabeza dolorida y ardiéndole, y creyendo en su delirio que empujaba obstinadamente una carretilla de carbón por una galería angosta e interminable, y tan baja de techo, que su cuerpo casi no podía pasar. Era simplemente la calentura de aclimatación un exceso de cansancio, del que pronto se repuso.

Y los días sucedían a los días, y semanas y meses iban transcurriendo. Lo mismo que sus compañeros, se levantaba a las tres, tomaba el café y se llevaba la merienda preparada por la mujer de Rasseneur. Todos los días, al llegar por la mañana a la mina, encontraba a Buenamuerte que iba a acostarse, y cuando salía por la tarde se cruzaba en el camino con Bouteloup, que iba a trabajar. Usaba el chaquetón de cuero, el pantalón y la blusa de tela, y tiritaba y se calentaba en la estufa de la barraca como todos los demás. Después tenía que esperar a la boca del pozo a que le llegase el turno de bajada, descalzo y expuesto a furiosas corrientes de aire que venían de todas partes. Pero la máquina, cuyos miembros de acero adornados de cobre brillaban en lo alto, no le preocupaba ya; ni los cables que corrían veloces, ni las jaulas hundiéndose y subiendo en silencio con la mayor regularidad, en medio del estrépito de las señales, de las voces de mando y del rodar estruendoso de las carretillas, llamaban su atención. Su linterna alumbraba mal; el maldito del farolero no la había limpiado bien; y no le escandalizaban ya los azotes en las nalgas que el hijo de Mouque propinaba a todas las muchachas que bajaban con ellos en el mismo viaje. La jaula se hundía, cayendo como una piedra tirada a un pozo, sin que siquiera volviese la cabeza para ver cómo desaparecía la claridad. Jamás pensaba en la posibilidad de una caída, y se encontraba como en su casa cuanto más iba entrando en la oscuridad profunda del fondo de la mina. Abajo, cuando Pierron les abría la jaula del ascensor, con su aspecto hipócrita, era siempre el mismo sordo rumor de pasos apagados, de gran rebaño en marcha, que producían los obreros, alejándose cada cual por su galería, para llegar a la cantera donde trabajaba. Y conocía las galerías de la mina mejor que las calles de Montsou, y sabía cuándo era necesario bajarse, tomar a la derecha o a la izquierda, o echarse a un lado para evitar un charco. Tal costumbre tenía de andar aquellos dos kilómetros, que habría podido fácilmente recorrerles sin linterna y con las manos metidas en los bolsillos. Y siempre se producían los mismos encuentros: un capataz alumbrando al pasar los carros de los obreros, y el tío Mouque conduciendo su caballo, Braulio guiando a Batallador, que no lo necesitaba, Juan corriendo detrás de un tren de carretillas, cerrando las compuertas de ventilación, y la gorda Mouquette y la flacucha Lidia empujando sus correspondientes carretillas.

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