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Era el último domingo de julio, día de la fiesta de Montsou. El sábado por la tarde, las amas de casa habían fregado las salas de abajo, baldeándolas con cubos de agua echada en el suelo y contra las paredes, y el Pavimento no estaba todavía seco, a pesar de la arenilla blanca que le habían echado, sin reparar en gastos, porque aquello era un verdadero lujo para sus escuálidas bolsas. El día amaneció caluroso; era uno de esos días sofocantes, amenazadores de tempestad, tan frecuentes en los países del norte.
Los domingos cambiaba el horario de levantarse en casa de los Maheu. Mientras el padre, a las cinco de la mañana, harto ya de cama, se vestía, los hijos se permitían el lujo de dormir hasta las nueve. Aquel día Maheu salió al jardín a fumar una pipa, y luego volvió a entrar en la casa, y se comió una tostada de pan y manteca para hacer tiempo y no aburrirse. Así pasó la mañana sin saber cómo, componiendo una pata de la mesa que estaba despegada, y pegando en la pared, debajo del reloj, un retrato del Emperador, que habían regalado a sus hijos.