Germinal by Émile Zola

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Transcurrieron otras dos semanas. Se estaba en los primeros días de enero; un frío extraordinario tenía acobardada a la gente de toda la llanura. Y ¡desde luego! la miseria aumentaba, y los barrios de obreros perecían de hambre, casi sin fuerzas para luchar más. Tres mil francos enviados por la Internacional de Londres, no habían dado ni para comer dos días. Luego, nada más habían recibido, nada más que promesas vagas, cuya realización parecía cada vez más lejana. Aquella esperanza perdida abatía a todo el mundo, y les quitaba el valor. ¿Con quién habían de contar, si hasta los mejores amigos, sus hermanos, los abandonaban? Se sentían perdidos en medio de aquel invierno cruel, aislados en el centro del mundo.

Un martes faltaron todos los recursos en el barrio de los Doscientos Cuarenta. Esteban se había multiplicado inútilmente con los delegados: se iniciaban nuevas suscripciones en las ciudades próximas, hasta en París; se hacían cuestaciones y se organizaban conferencias; pero la opinión pública, interesada al principio en los sucesos, iba haciéndose indiferente, al ver que la huelga se prolongaba de un modo indefinido, y sin escenas dramáticas, en medio de la más perfecta tranquilidad. Aquellas insignificantes limosnas apenas daban lo suficiente para socorrer a las familias más pobres. Las otras habían vivido empeñando las ropas y perdiendo poco a poco todo cuanto tenían en la casa. Todo iba trasladándose a poder de los prestamistas; la lana de los colchones, los utensilios de cocina, y hasta los muebles más necesarios. Por un momento se habían creído salvados por los comerciantes de Montsou, casi arruinados por Maigrat, que habían ofrecido vender a crédito con objeto de arrebatarle la clientela, y durante una semana, Verdonck, el de la tienda de comestibles, los dos panaderos Carouble y Smelten tuvieron, en efecto, sus tiendas a disposición de todo el mundo, pero se les acabó el dinero, y no pudieron seguir fiando.

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