La hermana de la caridad by Emilio Castelar

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Por fin Angela abrazó su cruz. La separación de sus amigas y de su familia fue para ella dolorosa; pero la paz de aquella mansión le pareció santa. Inmediatamente que entró, consagróse con todas sus fuerzas al trabajo. No había labor que no comprendiera y no acabara con sin igual constancia; no había trabajo que la hiciera flaquear; no había desgracia que no socorriese, ni enfermedad que no aliviase con ese heroísmo, con esa constancia propia de su carácter, dulce y fuerte al mismo tiempo.

Desde que entró en el convento, parcela que su vida se había serenado, que su salud había vuelto á recobrar las perdidas fuerzas. En su rostro, en su frente, se reflejaba la serenidad interior del espíritu, la dulce y serena paz del corazón. Era así su vida como un suspiro, como una placida alegría, como un instante feliz, que no se concluía nunca. Es verdad que había hecho grandes sacrificios; pero todo cuanto había perdido lo olvidaba para recordar tan sólo aquello que había deseado. Sus hermanas la querían mucho; los niños cuya educación tenía á su cargo, la idolatraban; los enfermos decían que aquella mujer era su providencia. No solamente curaba las enfermedades del cuerpo con esa solicitud que era, y no podía menos de ser, timbre de su carácter: curaba también las enfermedades del alma con sus consejos, con su dulce palabra, con su buen ejemplo. Cuando se inclinaba sobre el lecho de algún enfermo para darle la medicina, le devolvía la tranquilidad con su sonrisa, con su gracia, con su dulce alegría. Nunca acongojaba ni se acongojaba; nunca se mostraba inquieta; nunca hacía desesperar el ánimo del enfermo. Al mismo tiempo parecía su actividad infinita. Se encontraba en todas partes, asistía á todas sus obligaciones, y aun le sobraba tiempo para ejercer por sí la espontánea caridad de su alma. Su vida, su alma, eran como un fuego purísimo, como una llama en que se purificaban muchas vidas y muchas almas. Hablando siempre de Dios, de su infinita misericordia y bondad, sosteniendo á los débiles, aliviando á los afligidos, siendo la providencia de los menesterosos, llena de energía, de actividad, soñando con un ideal divino, que se traducía en todas sus obras, en todas sus acciones, Angela era como una artista de la caridad; pues la caridad, como si fuera su creación, resplandecía sobre su frente. Su alma hermosa, hermosísima; su virtud, semejante á una estrella sin ocaso, aunque cuidadosamente oculta, resplandecía á los ojos de todo el mundo.

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