La hermana de la caridad by Emilio Castelar

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Procedióse á la inmediata y pronta curación de Eduardo. Sus heridas eran profundas, y los médicos daban pocas esperanzas de conservar la vida del enfermo. Una respiración fatigosa y anhelante, una fiebre exaltada y nerviosa, vaguedad en el mirar, pulsaciones violentas en el corazón, delirio continuo, incesante, este era el estado de aquel guerrero, que buscaba en los campos de batalla, no la victoria, sino la muerte. Decidieron los médicos que Angela no se apartase un momento de la cabecera de su lecho, que le acorriese en aquel trance amarguísimo de la vida de Eduardo. La pobre joven sentía infinito el estado del único hombre que había amado en la tierra; pero disimulaba cuanto podía su sentimiento. Trataba, y casi lo conseguía, de ocultar que allí, en aquel lecho, padecía, no solamente un hermano, sino el amor de su corazón. El amor de Angela, que se había eclipsado cuando Eduardo era feliz, crecía ahora con desmedida violencia. Verle herido, postrado en un lecho próximo á la muerte, y desgraciado, y no amarle, era imposible para aquel corazón nacido con todas las virtudes celestes.

Mas por lo mismo que aquel amor no podía tener esperanza alguna en la tierra, se refugiaba Como en su natural vivienda en el cielo. Lejos de ser una de esas pasiones que turban el sentido y emponzoñan el corazón, era una pasión purísima, divina; era como el alma del alma, como la esencia misteriosa de su vida. Cuando Angela se vió sola en la tienda de campaña con el enfermo, cogió una luz y se acercó á su lecho. Estaba como dormido.

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