Read "Ricardo" by Emilio Castelar online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Nuestro Madrid es pueblo esencialmente sobrio, y para persuadirse de que nuestro Madrid es pueblo esencialmente sobrio, no hay como pasearse por sus calles, y ver cuán desprovistas se hallan de aquellas fondas, de aquellas galerías, de aquellas tiendas por París esparcidas en abundancia, y que ofrecen al paladar toda suerte de licores y manjares. En el año de 1866 todavía era menor el número de establecimientos consagrados a lo que pudiéramos llamar comida pública. Exceptuando las tabernas, con sus fríos pedazos de bacalao frito, y sus tortillas pertenecientes a la edad de piedra; los figones, donde los mozos de cuerda restauraban sus fuerzas, con aquella olla tan provista de tocino como desprovista de carne; las fondas de rúbrica, en su mayor parte inhabitables, Madrid no tenía más comedores oficiales que cierto salon de los entresuelos del Café Suizo, completamente abandonado del público; la casa de Lhardy, que de uvas a peras mostraba en su escaparate algunas cabezas de jabalí, como disponía en sus cocinas algunas comidas de encargo; y el llamado, a la francesa, restaurant de Farrugia, sito a la entrada de la Carrera de San Jerónimo, casi en la desembocadura de la Puerta del Sol, donde un aficionado al bien comer se arruinaba, por dar platos buenos a bajo precio, y por fiar demasiado en las pagaderas, más estrechas ciertamente que las tragaderas, de sus comensales y parroquianos. Entonces, aunque el Café Español existía ya, y daba de comer en los cuartitos del callejón de Gitanos, todavía no se levantaban los salones de Fornos, que luego pasaron a socorrido asunto de arengas tribunicias y tema favorito de oposiciones políticas. Madrid mostraba su sobriedad histórica, que tanto disgusta a los extranjeros, y tanto cuadra a nuestro histórico carácter.
Mas la noche del 21 de Junio de 1866 varios jóvenes se habían reunido a cenar en el entresuelo de Farrugia, y habían prolongado la cena hasta la madrugada siguiente. No conozco pueblo alguno en Europa donde se duerma menos que en Madrid. a las doce de la noche, a la una, y aun las dos de la madrugada, están las calles céntricas concurridísimas, y concurridos los cafés, esas colmenas de murmuración, donde acuden las gentes en tropel, para aguzar sin duda los aguijones de la calumnia. El Casino prolonga sus veladas hasta el alba, y el Ateneo mismo, que de severo y austerísimo se precia, hasta mucho despues de entrada la media noche. Comienzan las tertulias cuando en otras partes comienza el sueño; y concluyen los teatros cuando les da la gana a nuestros empresarios, los cuales emplean más tiempo en levantar un telón, que emplearían en levantar una montaña. Esta sobra de desvelos, esta falta de sueño, da a nuestro Madrid achaques quizá irremediables. La noche cuelga sus cobertores de sombras, para que bajo ellos nos entreguemos al reposo. Hasta las combinaciones químicas de nuestra atmósfera, hasta el ministerio que desempeña la luz en la elaboración de los gases vitales, convidan a unir las tinieblas interiores de nuestro sueño con las tinieblas que envuelven al hemisferio. El insomnio agita los nervios, y los nervios desvelan así la fantasía como la sensibilidad, exacerbándolas; y la exacerbación de la fantasía y de la sensibilidad concluyen por llevarnos, tanto en la vida pública como en la vida privada, a exaltaciones y a delirios, muy contrarios a aquella armonía entre todas las facultades, y a aquel equilibrio entre todos los humores, verdadero secreto de la robustez de nuestras fuerzas y de la salud de nuestra vida.