Ricardo by Emilio Castelar

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No ha visto animación bulliciosa en ciudades quien no ha visto a nuestro Madrid en tarde de toros. Mucho se contiende y disputa acerca del orígen de tal fiesta. Unos dicen que la debemos a los árabes; otros, que la tenían ya, como demuestran ciertas monedas, los antiguos iberos.

Para corroborar la primera tesis se fijan sus mantenedores en la afición que tienen los andaluces al toreo; y para corroborar la segunda se fijan sus mantenedores en la mayor afición aún de los vascos, de los navarros y de los aragoneses. No afirmará cosa nueva ni extraña quien afirmó que los españoles tienen desmedida afición a la fiesta nacional. Y no ofenderá a Madrid quien diga que si los españoles tienen desmedida afición a la fiesta nacional, los madrileños merecen la capitalidad de España por su capital devoción a estos espectáculos. No empiezan los toros cuando se echa la llave, y se despeja la plaza, y se presenta la cuadrilla; empiezan antes, en las disputas de taller sobre si los bichos de Miura son más bravos que los bichos de Veraguas, y Frascuelo más listo que el Tato; en la visita al Monte de Piedad y a la casa de empeño, cuando no hay otro recurso, para procurarse algunos cuartejos con que comprar un tendido de sol; en la asistencia al encierro; en los grupos de la calle de Alcalá, donde se ofrecen y aceptan, y venden y compran, y se chalanean, por no decir se cotizan, los mejores puestos en conversaciones interminables, que parecen programas orales de la próxima corrida y críticas anticipadas de su éxito.

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