Read "Ricardo" by Emilio Castelar online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
El viejo marqués de la Tafalera y el joven conde de la Floresta departían, paseándose por el jardín, sobre los sucesos, cuyos funestos golpes acababan de sobrecoger a la familia. Envuelta en misterios impenetrables su causa, perdíanse ambos a dos en conjeturas, a cual más descabelladas. La venida de Carolina a pedir la mano de Elena; la interminable entrevista con Antonio; los trasportes de amor al tropezar con la futura nuera; el resultado tristísimo de la negativa incontrastable a todo enlace; la extraña enfermedad de Antonio, que ya tenía accesos cuasi epilépticos, ya una paz rayana con la indiferencia, enfermedad a veces agravada por un delirio continuo, en el cual decía palabras incoherentes, indescifrables, pero verdaderamente siniestras y trágicas; todos estos sucesos eran propios a romper la cabeza más bien organizada si trataba de elevarse hasta el claro conocimiento de sus causas. ¿Por qué Antonio repugnaba un marido americano para su hija? ¿Por qué, a pesar de esta repugnancia, dio el consentimiento al matrimonio con Ricardo? ¿Por que aseguró Ricardo que por parte de su madre no habría ningún inconveniente en demandar la mano de Elena y consentir la boda? ¿Por qué, al presentarse Carolina en aquel palacio, todo se descompuso? ¿Por qué en el momento mismo de descomponerse todo, Carolina mostró aquel amor exaltadísimo, digno de una madre apasionada, a la herida Elena? ¿Por qué después de esta manifestación de sus afectos se encerró en una completa negativa al deseado enlace? ¿Por qué Antonio se negó también, con verdadero furor, después de haber convenido con verdadera complacencia? ¿Por qué de resultas de su negativa cayó en cama con ataques de nervios, asaltos de fiebre y violencias de verdadero delirio? Imposible dar con la causa de todos estos extraños incidentes.
Pero sobrevino después de tantas rarezas el caso más raro y más inesperado. Movidos por los consejos y las excitaciones del conde de la Tafalera, gran amigo de ultimar matrimonios felices; arrastrados por sus propios corazones, presa de grande exaltación; los dos jóvenes acababan de convenir en una fuga pedida a gritos por su pasión y necesaria para arrancar a la necesidad el negado consentimiento. Todo estaba dispuesto a este trance, último recurso de la desesperación. Ricardo se apartó momentáneamente de su amada con ánimo de volver a llevársela consigo. Para dar al acto la gravedad posible, el viejo marqués se comprometía a acompañar a los novios, escudándolos de esa suerte con su autoridad, si no a los ojos del mundo, a los ojos de la familia. Señalada la hora, Elena esperaba sin detenerse siquiera ante la enfermedad de su padre, reconocida por los médicos como consecuencia de su estado moral, y que, por lo mismo, pasaba del delirio a la paz, de la fiebre al frío, de la mayor gravedad a la completa salud, a medida que se condensaban o se desvanecían sus varias emociones. Los dos jóvenes, discurriendo con el extravío propio de todas las pasiones y pensando que toda duda se acabaría en cuanto ellos mostrasen verdadera resolución, imaginaban vencer fácilmente la resistencia de sus padres con supremas e irrevocables determinaciones, como la de huir a su tutela y juntarse bajo un mismo techo, como juntos y confundidos estaban en el seno de un exaltado amor. Ignorantes de la causa real que los separaba, atribuían a empeño del capricho lo que era imposición de la necesidad. Elena aguardaba con impaciencia la llegada de Ricardo a la hora convenida. El marqués se rejuvenecía al calor de la aventura, que le devolvió todo el júbilo de sus primeros años. Pero ¡cuál no sería el asombro de ambos al recibir una carta solemne, triste, desgarradora, de Ricardo, diciendo como revocaba, no solamente su proyectada fuga, sino toda esperanza de enlace, convencido como Carolina y como Antonio de su completa imposibilidad! Ya puede todo el mundo figurarse qué comentarios saldrían de los labios de Tafalera, qué reflexiones tan extrañas, qué ideas tan originales sobre la pacata juventud de su tiempo, la cual, fingiendo amores, en cuya virtud parecía librar lo porvenir, según tantas frases bellísimas y tantos actos de exaltación y de apasionamiento, al llegar el trance de una resolución definitiva y suprema, lejos de correr al goce como la mariposa a la luz o como la piedra al centro de gravedad, se detenía, se retiraba por escrúpulos, ni siquiera explicables y comprensibles, aceptando con tristeza, pero también con resignación, la pérdida. de toda una esperanza cuyo calor aparecía en otro tiempo como el mismo calor de la existencia.