Ricardo by Emilio Castelar

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Han pasado dos años después de todas las escenas que hemos en los anteriores capítulos descrito. Antonio se ha llevado su hija a París, y con su hija se ha ido toda la familia, sin excluir el viejo tío, empeñado en hacer a toda costa y a toda prisa la felicidad de Elena en el seno de bienaventurado matrimonio. Las exigencias de la política, una conspiración descubierta como suelen descubrirse siempre todas las conspiraciones en España, ha llevado también a París al bueno de Jaime, cada día más enamorado de la libertad y de Elena. Allí el marqués de la Tafalera ha conseguido dos cosas: primera, que la joven comprendiese toda la imposibilidad de sus amores con Ricardo; y segunda, que se resignara a nuevas relaciones. Nadie en la familia pudo penetrar la causa de la separación entre Elena y Ricardo; pero todos la veían como irremisible e irremediable. Los dos amantes no volvieron a verse ni a escribirse. Entre tanto Jaime visitaba todos los días el palacito de los condes de la Floresta en la Avenida de los Campos Elíseos. Y aunque lo visitaba, si bien decía a todos cuánta era su pena, jamás se lo decía a quien más necesitaba saberla, jamás se lo decía a Elena misma, después de su última inapelable repulsa en el jardín de Madrid. Y la causa de este silencio estribaba en razón sencillísima que enaltecía su carácter: Jaime ignoraba la ruptura de las relaciones y no quería dañar a un amigo, tan amado como Ricardo, aunque fuese a costa de su eterna felicidad. Mas no se necesitaba ir mucho tiempo a la casa para saber el triste caso. Allí estaba la trompeta de la fama, el marqués de la Tafalera. Y aun después de sabido insistió el pundonoroso joven, por otras razones no menos valederas, en retraerse de toda declaración que pudiese parecer infidelidad, si no a su amigo, a la memoria de su amigo. En vano el marqués, a quien la ancianidad diera monomanía de casamentero, le demostraba la extraña naturaleza de los amores de Ricardo, el cual, en los días mismos de su ruptura con Elena y en la carta última, le aconsejaba un matrimonio que fuese la felicidad de la vida para ella, la paz del alma para él. Jaime no osaba declararse, diciendo que solamente lo haría, aunque en pedazos el corazón se le partiese, autorizado por Ricardo, a quien no volvió a hablar del amor sentido por Elena desde el día en que, a impulsos de irreflexivo sentimiento, se lo reveló con francas revelaciones dictadas por rapto de pasión.

Tales dificultades convirtiéronse en obstáculos insuperables para otro que no fuese nuestro buen marqués. En seguida se le ocurrió el expediente que todo lo resolvía y el medio que todo lo allanaba. Imposible, dada la formalidad de Ricardo, imposible en él decir una frase por decirla, sin ánimo de encarnarla en la realidad, tal como la tenía en el pensamiento y en la pluma. Dijo que se creía el primer interesado en procurar a Elena un venturoso enlace; y precisaba que cumpliera lo dicho. Y la mejor manera de cumplirlo consistía en interceder con Jaime para que Jaime se casara. Y si Ricardo intercedía, Jaime indudablemente se casaba; pues no quería otra cosa. Tafalera, que en achaques de amor podía pasar, no ya por bachiller o licenciado, sino por uno de los primeros doctores, comprendió bien e1 estado del ánimo de los dos jóvenes. Elena jamás se curó totalmente de su pasión por Ricardo.

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