La bola by Emilio Rabasa — Read

Explore "La bola" by Emilio Rabasa on Textopian. Read with annotations and highlights.

El rancho de la Guayaba parecía creado para el idilio por un poeta de buen gusto, y de ingenio superior a los más de los que hoy se usan y estilan. La naturaleza, revelándose contra los sueños clásicos, que clásicos y todo, son más desatinados que las fiebres románticas de mayor intensidad; la naturaleza, digo, enseñaba allí a los excelentes Llamas cómo se forja el idilio americano, y cómo la habría soñado y revestido el poeta de las bucólicas, si hubiera nacido en nuestro siglo y en nuestros climas. Allí no había pastoras ni ovejas; las Galateas eran desconocidas, tanto como los Batilos y Filenos, los rabeles y las zampoñas; pero maldita la falta que hacían.

El río de los Venados golpeaba sus abundantes aguas contra las enormes piedras que interrumpían el ancho cauce, y mientras una ligera capa de niebla, como agua pulverizada, se mecía sobre la superficie espumosa del río, el ronco estrépito de la corriente contrastada y revuelta llenaba el espacio con rumor sonoro y majestuoso. Ancho y verde bosque ceñía y encauzaba la impetuosa corriente, y el viento del otoño parecía gozarse en las altas copas de los árboles, que se mecían a su impulso, lanzando como un suspiro prolongado y dulce. En seguida y sobre la margen izquierda comenzaba una ancha pradera no enteramente desprovista de árboles, y frecuentemente interrumpida por grupos de arbustos que formaban pequeños oasis. Y allí donde el bosque parecía, con árboles gigantescos avanzados, querer invadir los dominios de la llanura, y ésta pugnaba por llevar sus zacatecales al interior del bosque, se mostraba humilde y sencilla la desgarbada casuca de los Llamas, a la cual rendían culto y veneración hasta media docena de jacales apoyados en los gruesos troncos de los árboles, o guarecidos bajo su fresca sombra. A cincuenta varas de la casa, un corral con unos cuarenta becerros; cuatro o cinco vacas al derredor, consolando a los tiernos prisioneros y lamiéndolos por entre las estacas de la cerca, entre uno y otro mugido cariñoso; cantos de pajarillos en el bosque que regresan ya al nido; dos o tres mozas que tararean sones extraños a orillas del río mientras llenan los cántaros; trabajadores que vuelven de los sembrados con la azada al hombro y el cigarro en la boca; y todo esto alumbrado por un sol poniente que dora las lomas, fingiendo con ayuda del viento en los zacatales olas inquietas sobre un mar de oro líquido, en tanto se alza como única digna de cantar tanta belleza la ronca voz uniforme y soberbia del desatado río. Y si esto no es idilio o no es verdad, que baje Dios y lo diga.

Reading navigation