Explore "Cartas a un amigo" by Esteban Echeverría on Textopian. Read with annotations and highlights.
Hoy, cansado de galopar y sediento, detuve la rienda a mi caballo en la orilla de una laguna poblada de espadañas y juncos. El sol flameando en el mediodía, abrasaba la tierra, y los húmedos vapores que se elevaban de la laguna formando una nube de humo sobre su superficie tranquila, reflejaban los rayos luminosos, trasformándolos en mil iris resplandecientes que deslumbraban la vista. Sofocado de fatiga y de sed acrequéme a tomar un poco de agua; pero vi con sorpresa multitud de peces flotando como muertos sobre la faz cenagosa de la laguna. Un olor corrompido hirió mi olfato, y ya no fue posible refrigerar mi cuerpo inflamado, ni humedecer mi seca garganta. Hacía como un mes que no llovía, las aguas estancadas se habían evaporado poco a poco, con los rayos ardientes del sol, y todos los habitantes que contenía habían perecido. Varios nidos de chajáes y cuervos, como columnas de paja, flotaban aú n sobre aquella agua cenagosa y sus infelices dueños habían ido a buscar paraje más adecuado a su naturaleza y más halagüeño, dejando abandonados en ellos a la inclemencia y orfandad los tiernos frutos de sus malogrados amores. Aproximéme a caballo a uno de aquellos nidos y lo vi cubierto de polluelos de cuervo, que al mirarme piaban y saltaban como si creyesen que yo les traía algún alimento. Tomé uno en mi mano; comencé a halagarlo y vi con horror que vomitó de su cuerpo un sapo, una víbora y un huevo de perdiz. Soltélo al punto con asco y me retiré precipitado de aquel lodazal inmundo de la muerte. Así, amigo, todo parece que conspira en la naturaleza a la destrucción. Los elementos inertes y etéreos están en guerra continua con la naturaleza animada. Esta sostiene la lucha, y sucumbe o triunfa momentáneamente.
Todos los seres procuran mutuamente su destrucción. Los animales de una misma especie se devoran entre sí, y aun algunos se alimentan con el propio fruto de sus entrañas, para obedecer al instinto imperioso de la conservación. El hombre destruye cuanto está a su alcance y aun a sí mismo sin necesidad, y el tiempo, o la muerte, gigante voraz e insaciable sentado sobre las ruinas y los despojos de lo pasado, aniquila y anonada a la vez cuanto nace en el universo. Pero existe derramado en la creación un poder inagotable de vida, que de la escoria de todos estos elementos desorganizadores engendra nuevos seres, purificando en el crisol del tiempo el espíritu creador que las anima.