Cartas a un amigo by Esteban Echeverría — Read

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Son las doce de la noche y todo está listo en mi derredor de mí, todo duerme; todo parece en calma. Cuando los otros reposan, yo estoy agitado; cuando duermen, velo. Las horas destinadas al olvido de todos los ciudadanos son las que escojo para meditar en silencio. Este silencio, esta soledad son los amigos, los compañeros a quienes comunico mis cuitas. Ahora estoy al parecer solo; pero no es así. Mil entes de formas diversas, ya bellos, ya monstruosos vagan alrededor de mí. Mil voces mágicas y aéreas mezclándose al sordísono murmullo del viento y de las olas del Plata que se deslizan suavemente sobre la arena, halagan mis sentidos con una melodía dulce y apacible; un éxtasis divino me embarga al escucharlas; mis sentidos se adormecen, me reconcentro en mí mismo y luego se despiertan en mi fantasía mil cavilaciones sublimes.

Los recuerdos se levantan gigantescos en mi memoria y lo pasado y lo futuro se despliega revestido de diversos calores ante el mágico espejo de mi imaginación. Me detengo a mi arbitrio a examinar y analizar cada objeto que se me presenta, porque soy, a la vez espectador y actor; y luego cuando me fastidio, como los niños, de aquella fantasmagoría apago la lumbre de la linterna mágica y todo es oscuridad y las tinieblas se suceden a las dulces ilusiones de lo pasado y lo porvenir. Así es el hombre: llevado por las alas de la imaginación remonta más y más por las regiones fantásticas de lo infinito y cada paso que da en esa esfera de quimeras e ilusiones, engendra un caos para su espíritu y una congoja para su corazón. Pero, amigo, oigo música; los sones melodiosos de una guitarra y una voz meliflua. Escucho. Adiós.

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