Explore "Cartas a un amigo" by Esteban Echeverría on Textopian. Read with annotations and highlights.
Ayer con la aurora dejé mi habitación, alquilé un bote y salí con dos marineros a pasearme por el gran río. El viento soplaba fresco del sur, el tiempo estaba sereno, amainamos la velilla y nos alejamos como volando de la costa. Virábamos aquí, y allí y la aguda quilla de nuestro bote se deslizaba haciendo un murmullo apacible como por una superficie de cristal resplandeciente. Visitamos algunas embarcaciones extranjeras de la rada exterior, que como tú sabes, dista de 4 a 5 leguas de la costa y dirigimos nuestra proa a tierra. El viento soplaba con vigor; las olas crecían y se encrespaban y el cielo cubierto de nubes eclipsaba los rayos del sol. Un murmullo sordísono resonaba a lo lejos y las marinas aves, nuncias de la tempestad, se mecían con vuelo oblicuo en las nubes o arrastraban sus alas por las concavidades y las crestas espumosas de la onda. Yo empuñé el timón; los marineros apuraban el remo; pero el choque de las olas y del viento inutilizaba mis esfuerzos.
Nuestras fuerzas se agotaban en lucha tan desigual; el río levantaba más y más sus olas encrespadas, los relámpagos flameaban y el trueno retumbaba horrisonante entre las nubes. El débil pino que nos sostenía, subía en la cresta de la onda hasta las nubes y luego descendía entre dos montañas móviles de agua que nos cubrían el horizonte, desplomándose al punto con murmullo horrísono en el cauce espumoso de las aguas. El instinto de la vida sustentaba nuestro ánimo y hacía redoblar nuestros esfuerzos. La costa estaba a nuestra vista, pero un mar irritado nos separaba de ella. Dominados por la idea del peligro, nuestras almas se hicieron insensibles al aspecto iracundo y terrífico de la naturaleza.