Cartas a un amigo by Esteban Echeverría — Read

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La acción física es el único refugio de las corazones enfermos: ella aturde, ofusca las imágenes tristes que la imaginación engendra en sus cavilaciones sombrías. A veces acosado por mi negros pensamientos salgo y corro por las calles más desiertas como quien vuela en pos del objeto de su amor o de alguna visión encantadora, hasta que la fatiga abate mi cuerpo y amortigua la energía de mis facultades. Entonces siento aliviado el peso de mi corazón; pero luego un rato de reposo regenera mis fuerzas y vuelve más violento el pesar a atribularme con sus tétricas imágenes. ¿Cómo llenar este vacío inmenso que ha dejado la pérdida del único objeto querido, que alimentaba todas mis esperanzas? ¿Cómo reemplazar la inefable ilusión de los primeros años de la vida y sacar de las entrañas la amarga hiel de la congoja y del infortunio? ¿ Cómo borrar de la memoria el recuerdo de una madre que nos dio el ser, sufriendo angustias mortales: que nos alimentó de su seno y nos prodigó hasta la muerte el inagotable tesoro de su cariño? ¿Cómo recordar los tiernos y generosos sacrificios del amor maternal sin sentir al mismo tiempo que su pérdida es irreparable? Tú sabes cuán caro costó a mi madre el cariño de su hijo. Esta idea sola me estremece; me llena de dolor y acibara mi vida.

Cuando mi fantasía vigilante vaga de pensamiento en pensamiento, y algunos sueños consoladores despiertan en mi memoria los rientes devaneos de mi primera juventud; cuando la esperanza grata me sonríe y me muestra en lo porvenir, revestidos de colorido mágico, algunos rayos de consuelo, de gloria y de felicidad; aquella idea fatal me sorprende en medio de tan halagüeñas imágenes, me oprime la garganta como un espectro odioso, me hunde en un abismo desierto y tenebroso, y me dice al oído: tú estás solo en el universo. ¿De qué te sirve la vida? Entonces extiendo mis brazos desolados por los ámbitos de la tierra; busco ansioso con la vista por todas partes; llamo en vano a mi madre con gritos descompasados y con todo el amor de mi corazón, y nadie me responde en la soledad, ninguna voz amiga viene a consolarme en mi desolación. ¿Qué es la muerte? ¿De qué me sirve la vida? ¿De qué mi juventud, mis esperanzas y el porvenir, si estoy solo en el universo? ¡Idea horrible!, ¡idea más infausta para mí que la de la muerte! El eterno reposo; el fin de todas las angustias del corazón; tal vez la nada. ¿Y qué importa que sea la nada si se acaba el sufrir? Eternidad, nada, abismos horrorosos del sepulcro para la imaginación del hombre feliz, vosotros no me espantáis. ¿Qué importa que la tumba esté desierta?, el desierto del mundo es mucho más frío y tremebundo. Vivir entre los hombres como un fantasma nocturno de que todos huyen; respirar el mismo aire y no simpatizar con ellos; sentir, pensar, sufrir solo, ocultar sus sentimientos en el fondo del corazón por no encontrar un solo ser que simpatice con ellos; hallarse rodeado de aduladores serviles o de estúpidos y orgullosos favoritos de la fortuna; vivir, en fin, en medio de los placeres y no poder participar de ellos: esto sí que es morar en desierto. La vida, dijo un gran poeta, no es más que el sueño de una sombra. La alimentan esperanzas engañosas, ilusiones fugaces, y cuando estos atractivos que la embellecían, se disipan sacando a luz su realidad desnuda ¿qué es la vida sino una sombra? ¿Por qué, pues, perseguir con tanto afán una imagen aérea y voluble? ¿Por qué poner tanto precio en una cosa que pierde tan fácilmente su valor? Cuando el corazón se halla lleno de pesares, cuando los encantos del mundo se han desvanecido y nada encuentra el infeliz sobre la tierra que pueda contribuir para aligerar el peso de una existencia desolada y fatigosa, ¿qué es la vida? Nada, el reposo de la tumba es infinitamente más precioso, pues es eterno.

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