La hora de todos y la fortuna con seso by Francisco de Quevedo y Villegas

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El serenísimo rey de Inglaterra, cuya isla es el mejor lunar que el Océano tiene en la cara, juntando el Parlamento en su palacio de Londres, dijo:

-Yo me hallo rey de unos Estados que abraza sonoro el mar, que aprisionan y fortifican las borrascas; señor de unos reinos, públicamente, de la religión reformada; secretamente, católicos. Ingerí en rey lo sumo pontífice; soy corona, bonete y dos cabezas: seglar y eclesiástica. Sospecho, aunque no la veo, la división espiritual de mis vasallos; temo que gastan mucha Roma sus corazones, y que aquella ciudad, con las llaves de San Pedro, se pasea por los retiramientos de Londres. Esto, para mí, es tanto más peligroso cuanto más oculto. Veo con ojos enconados crecer en muy poderosa república la rebelión de los holandeses. Conozco que mi invidia y la de mis ascendientes contra la grandeza de España, de menudo marisco los abultó en estatura, como dice Juvenal, mayor que la ballena británica. Véolos introducidos en cáncer de las dos Indias, y padezco los piojos que me comen porque los crié. Sé que de sus dominios hurtados tienen flotas los más años, y algunos las flotas enteras o buena parte de las que trae el Rey Católico, y que les es copioso tesoro esta rebatiña. En la tierra son, por el ejercicio de tantos años, soldados con crédito de innumerables vitorias, a quienes hace la experiencia en el obedecer doctos y suficientes para mandar. Por el mar los cuento inumerables en bajeles, inimitables en fortuna, incontrastables en consejo, superiores en reputación militar. Por otra parte, veo al rey de Francia, mi vecino, a quien por las pretensiones antiguas aborrezco, aspirar al imperio de Alemania y al de Roma; introducido en Italia, y en ella, con puestos y ejércitos y séquito de algunos de los potentados, y acariciado, al parecer, de los buenos semblantes del Pontífice. Es mancebo nacido a las armas y crecido en ellas, que, en edad que pudieron serle juguetes, le fueron triunfos. Considérole con unido vasallaje por haber demolido todas las fortificaciones, hasta las inexpugnables, de los hugonotes, luteranos y calvinistas, y dejado el dominio y potestad en solos católicos.

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