La hora de todos y la fortuna con seso by Francisco de Quevedo y Villegas

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En Dinamarca había un señor de una isla poblada con cinco lugares. Estaba muy pobre, más por la ansia de ser más rico, que por lo que le faltaba.

Castigó el cielo a los vecinos y naturales desta isla con inclinación casi universal a ser arbitristas. En este nombre hay mucha diferencia en los manuscritos: en unos se lee arbitristes; en otros, arbatristes, y en los más, armachismes. Cada uno enmiende la lección como mejor le pareciere a sus acontecimientos. Por esta causa, esta tierra era habitada de tantas plagas como personas. Todos los circunvecinos se guardaban de las gentes desta isla como de pestes andantes, pues de sólo el contagio del aire que pasado por ella los tocaba, se les consumían los caudales, se les secaban las haciendas, se les desacreditaba el dinero y se les asuraba la negociación. Era tan inmensa la arbitrería que producía aquella tierra, que los niños, en naciendo, decían arbitrio por decir taita. Era una población de laberintos, porque las mujeres con sus maridos, los padres con los hijos, los hijos con los padres y los vecinos unos con otros, andaban a daca mis arbitrios y toma los tuyos, y todos se tomaban del arbitrio como del vino.

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