La hora de todos y la fortuna con seso by Francisco de Quevedo y Villegas

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Los alemanes, herejes y protestantes, en quienes son tantas las herejías como los hombres, que se gastan en alimentar la tiranía de los suecos, las traiciones del Duque de Sajonia, Marqués de Brandenburg y Landtgrave de Hessen; hallándose corrompidos de mal francés, trataron de curarse de una vez, viendo que los sudores de tantos trabajos no habían aprovechado, ni las unciones que con ungüento de azogue los dieron en la estufa de Nortlingen, ni las copiosas sangrías, usque ad animi deliquium, de tantas rotas. Juntaron todos los mejores médicos racionales y espagíricos que hallaron, y, haciéndoles relación de sus achaques, les dieron remedio eficaz. Algunos fueron de parecer que la medicina era purgarlos de todos los humores franceses que tenían en los huesos. Otros, afirmando que el mal estaba en las cabezas, ordenaron evacuaciones, descargándolas de opiniones crasas con el tetrágono de Hipócrates, tan celebrado de Galeno, a que corresponde el tabaco en humo en la forma. Otros, supersticiosos y dados a las artes secretas, afirmaron que lo que padecían no era enfermedades naturales, sino demonios que los agitaban, y que, como endemoniados, necesitaban de exorcismos y conjuros En esta discordia estudiosa y burdeles de Francia, no tendrán la dieta de que necesitan. estaban cuando los cogió la hora, y, alzando la voz, un médico de Praga dijo:

Los Alemanes no tienen en su enfermedad remedio, porque sus doliencia y achaques solamente se curan con la dieta, y en tanto que estuvieron abiertas las tabernas de Lutero y Calvino, y ellos tuvieron gaznates y sed y no se obstuvieren de los bodegones y burdeles de Francia, no tendrán la dieta de lo que necesitan.

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