Explore "Dos mujeres" by Gertrudis Gómez de Avellaneda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Dos meses habían corrido desde que Carlos llegó a Sevilla, y don Francisco aún no había dicho ni una sola palabra relativa al enlace de los dos primos. Este silencio molestaba ya a doña Leonor, tanto más cuanto que por ciertas expresiones que se escapaban a su hermano tenían fundadas sospechas que aún no había desistido enteramente de su proyecto de enviar a Carlos a Madrid. Proyecto que, como ya hemos visto, desagradaba altamente a la buena señora, que temía que una ausencia, una larga dilación en el proyectado enlace, acarrease algún contratiempo que pudiera frustrarle: como, a pesar de su vida monástica, no estaba destituida de aquel conocimiento que se adquiere con los años, por poco que se frecuente la sociedad de los hombres, conocía doña Leonor que en la edad de su sobrino si muy bien vivas las impresiones, no son siempre las más profundas, y que no era cosa prudente poner a prueba su constancia, mayormente antes de haberle ligado con un vínculo indisoluble. Doña Leonor, cuya salud era cada día más delicada y, por consiguiente, más vivo el deseo de establecer a su hija, observaba cuidadosamente los rápidos progresos que hacía el amor en los dos jóvenes, y se los hacía notar a su hermano para provocar por este medio una resolución decisiva. Pero don Francisco no hablaba y doña Leonor comenzaba a enfadarse seriamente. Carlos no limitaba ya sus visitas a dos o tres horas de la noche: casi todo el día estaba en la casa de su tía, siempre junto a Luisa, mirando a Luisa, enajenado con Luisa. La niña, por su parte, descuidaba medianamente sus ocupaciones domésticas, y aunque siempre dulce, humilde y afectuosa, parecía melancólica y sin sosiego los momentos en que yo no veía a Carlos. Doña Leonor, cuya severidad y maternal vigilancia eran irrelajables, veíase obligada a descuidar también muchas de sus devociones para estar continuamente en guarda de los amantes, pues, a pesar de la conducta respetuosa del joven y el perfecto recato de la doncella, hubiera creído faltar a todas las leyes del decoro, y hacerse culpable del pecado de omisión, si no vigilaba todas sus acciones, movimientos y aun miradas. Cuando su histérico o su reumatismo la imposibilitaban de llenar exactamente sus deberes de madre cuidadosa y prudente, la reemplazaba la respetable viuda doña Serafina. Doña Beatriz no recibió nunca tan augusto cargo, pues, no obstante sus cincuenta años, su estado de doncella no la daba a los ojos de la escrupulosa madre un carácter bastante respetable. Cansábase ya doña Leonor de la sujeción en que la constituía el cuidado de vigilar a su hija, y un escrupulizaba de permitirla un trato tan frecuente con su novio cuando aún no sabía si efectuaría pronto aquel deseado consorcio. Estos motivos, por una parte, y por otro su temor de que volviese don Francisco a su tema de enviar a Carlos a la corte y de que pudiera sobrevenir algún obstáculo a la realización de sus deseos, la determinaron a tomar por fin un expediente formal que sacase de la inacción a su hermano. Antes de poner en ejecución su pensamiento, observó detenidamente a su sobrino, para confirmarse en el juicio que tenía ya formado de que estaba locamente enamorado.
En efecto, no podía dudarse que de día en día se aumentaba el cariño del joven. Era cosa digna de verse cómo pasaba horas tras horas sentado junto a su prima, embebecido en mirarla y como olvidado del mundo entero. Sus conversaciones que eran regularmente en presencia de un respetable auditorio, se reducían a naderías o palabras insignificantes en sí, pero en aquellas pláticas tan indiferentes, ¡había tantos medios de entenderse dos amantes! Una mirada tímida y furtiva, un suspiro ahogado, las inflexiones de la voz, más dulce, más lenta, más expresiva cuando se dirigían uno al otro la palabra… Todas las pequeñeces que son tan grandes en el amor, venían naturalmente al auxilio de nuestros héroes, y sin que jamás se hubiese pronunciado la palabra amor ni por uno ni por otro, ambos sabían que eran amados.