Dos mujeres by Gertrudis Gómez de Avellaneda

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La malignidad y la envidia que persiguen con preferencia a las personas elevadas y brillantes, así como, según observaba un poeta, el rayo busca siempre las torres; debían aplaudirse de la imprudencia de la condesa, que, justificando en cierto modo los juicios desventajosos que de ella se formaban, parecía renunciar a todo miedo de defensa y entregarse como una víctima resignada. Sin embargo, como nunca había sido más prodiga de sus riquezas, más franca y alegre que entonces, los mismos que destrozaban sin piedad su reputación, buscaban ansiosamente sus placeres, y, aunque se aumentaba cada día el número de sus enemigos, crecía también el de sus aduladores. La maledicencia es como un perro cobarde, que ladra de lejos al que se le acerca en ademán de desprecio y que se arroja y ensaña sobre el que le huye temeroso.

Elvira, a cuyos oídos llegaban cada día las hablillas que circulaban en descrédito de su amiga, no era mujer de un temple de alma bastante fuerte para poner un dique a la murmuración: su cobarde, aunque sincera amistad, se contentaba con herir por la espalda a los detractores, sin atreverse jamás a desmentirlos cara a cara. No olvidaba, empero, el informar a Carlos de todo lo que se decía, y aún a la misma Catalina se vio algunas veces a reprender tímidamente por el poco cuidado que se tomaba por el buen nombre: mas había en aquella mujer un no sé qué que intimidaba a Elvira, y era tan poderosa la influencia que ejercía sobre un frívolo y débil carácter, que aun los mismos extravíos de la condesa tenían algo de respetable a los ojos de su amiga. Parecía tan superior a la opinión pública que temía Elvira ridiculizarse si mostraba temerla, y concluyó por decirse a sí misma, que no debía tomarse la menor molestia por defender a la condesa contra un juez que ella declaraba incompetente.

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