Explore "Guatimozín: Último emperador de Méjico" by Gertrudis Gómez de Avellaneda on Textopian. Read with annotations and highlights.
La inspiración de Guatimozin había sido digna de su talento. Aquellos graves y solemnes sonidos eran los ecos poderosos del caracol sagrado, custodiado en el gran templo de Huitzilopochtli por más de trescientos sacerdotes destinados exclusivamente a la guarda y al cuidado de tan venerado objeto. Solo el hueiteopixque o sumo sacerdote gozaba el privilegio de hacer resonar aquel instrumento santo, y solo se verificaba aquello en las ocasiones de inminente peligro para la patria.
El coraje de los mejicanos, exaltado hasta el frenesí por el celo religioso que aquellos ecos despertaban, costó caro a Hernán Cortés el día a que nos referimos. En balde se afanó por sostener el brío de sus tropas; cedía completamente este ante la rabiosa perseverancia del enemigo. Cubierto de cadáveres el campo de la lucha, enrojecidas por arroyos de sangre las aguas del lago, desordenadas ya las huestes invasoras, buscando inútilmente camino de fuga, y más ensañado el vencedor a proporción que se mostraba más desalentado el vencido, llegó la noche a tender su lóbrego manto a aquella desastrosa escena. Solo así podía encontrar salvación el ejército derrotado, que a prolongarse el día, la hubiera buscado en vano. Las sombras propicias a la fuga y siempre esquivadas por los mejicanos, que creían funesto para ellos cualquier combate que no alumbrase el sol, favorecieron la retirada que por último verificó Cortés no sin grandísima fatiga, y después de dejar en el campo 11.000 muertos del ejército indio, 20 o 30 de los suyos, contándose entre ellos el bizarro Olea, que sucumbió defendiendo a aquel jefe como otra vez lo había hecho, aunque con mejor fortuna. Además de tan considerable pérdida, había sufrido el ejército invasor la de tres mil prisioneros que le hizo el enemigo, siendo sesenta de ellos soldados españoles, de los más apreciados por su caudillo.