Guatimozín: Último emperador de Méjico

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Serían apenas las nueve de la mañana cuando los guardias del cuartel español pasaron aviso de que un embajador mejicano pedía permiso para hablar a Cortés. Reunió este incontinenti a sus capitanes y mandó conducir a su presencia al parlamentario. Era Noathalan el encargado de aquella misión, y aunque sus años no llegabas a 23, su aspecto grave y guerrero, y sus miradas lenas de decisión y energía, inspiraron a primera vista un sentimiento de consideración. En señal del luto que todavía llevaba por su padre, estaba su cabeza despojada de la negra y profusa cabellera con que la naturaleza le dotara y no llevaba el penacho de plumas que tenía derecho a usar, como noble y guerrero distinguido. Sujetaban sus sandalias correas sencillas y negras, y del mismo color era el sagalejo o faldellín que le llegaba hasta la rodilla. Llevaba en vez de aquella especie de albornoz que era el traje de los mejicanos, una hermosa piel de Bisonte que le cubría toda la espalda y parte del pecho, y empuñaba en la mano derecha una flecha con la punta en alto, mientras que con la izquierda manejaba con gracia y soltura su mando de piel.

Aunque sus miradas, al recorrer rápidamente la asamblea de los españoles, tuviesen una expresión iracunda y casi feroz, que fue más pronunciada al fijarse en Hernán Cortés, observó sin embargo, todas las fórmulas de urbanidad que le imponía su carácter de embajador; y rehusando la silla que le ofreció el general, dijo con voz clara y firme, vuelto hacia el intérprete que se había colocado junto a aquel:

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